martes, 23 de febrero de 2016

El Espejo Veraz

Perlito era débil y enfermizo. Desde que tenía uso de razón, había sido víctima de una enfermedad que le atormentaba un día sí, otro también, y a la que él llamaba “hipersensibilidad a las palabras”: cada vez que una persona decía algo malo sobre él, su cuerpo reaccionaba de una manera similar a la que lo haría si le propinaran un puñetazo. Y sangraba por heridas invisibles, y le salían moratones donde sólo pueden existir las almas.
  La extraña afección de Perlito le había hecho mucho mal a lo largo de su vida. En el colegio, apenas se había atrevido a juntarse con otros niños, ni mucho menos arriesgarse a tener amigos. Siempre temeroso de no gustar al resto, prefería apartarse y recluirse en una solitaria clase antes que jugar. La única vez que se había atrevido a practicar con la pelota, había sido torpe y errático, motivo de burla entre los demás niños. Apenas había conseguido fuerzas para recuperarse de ese día.
  Aquella persona especial que siempre había ayudado a Perlito, era su madre. Su padre había padecido su misma enfermedad, y esta había terminado matándole a través de una soga en el cuello, por lo que la mujer era el único apoyo que le quedaba. Pero era suficiente. Cada vez que el niño era golpeado por los demás, ella le curaba de manera similar: con palabras. Mientras que los insultos, críticas y reproches de los otros eran como látigos que le laceraban, los cálidos y suaves arrumacos de su madre curaban las heridas como las lágrimas de un fénix.
- Eres buena persona, Perlito, no dejes que te afecte... tú vales mucho- le decía, y sólo aquello le daba fuerzas para continuar adelante.
  Un día, la madre de Perlito murió. Aún joven, el chico no tuvo más remedio que empezar a trabajar, así que pidió un puesto en la panadería del pueblo. Secuestrado por la ansiedad, el primer día, quemó toda una hornada, confundió el azúcar con sal en las magdalenas y tiró al suelo dos bandejas de pastelitos.
- ¡Menuda has liado! ¡Más te vale ponerte las pilas de aquí en adelante!- le reprendió su jefe, un hombre recio con un poblado mostacho blanco.
  Perlito no volvió a aquel lugar.
  Más tarde, el muchacho entró a trabajar en la herrería. Pero resultó que no era lo bastante fuerte para subyugar al metal, lo bastante grande para cargar con objetos pesados ni lo suficientemente alto para alcanzar algunas herramientas. Tenía que pedir ayuda para todo y, sintiéndose un estorbo, decidió abandonar también aquello.
  Perlito llegó a la conclusión de que no era capaz de desempeñar una profesión, así que así resultó ser. Sin trabajo, ni amigos, ni familia, decidió ir a lo más profundo de un espeso bosque. El chico se asentó en una húmeda cueva de musgosas piedras, cerca de un pequeño arroyo. Durante días, apenas la soledad le hizo compañía, una sensación tan vacía que ya casi ni la sentía. No comía, no caminaba, por poco sí bebía... tan sólo dormía; amanecía; escuchaba el canto de los pájaros y veía la luz naranja atravesando las hojas muertas, como una película ajena que no entendía y a la que no prestaba atención; tiritaba de frío y, de nuevo, otro día. Con la inanición, sus fuerzas se rendían, y poco a poco su cuerpo se volvió aún más débil y enclenque, pero su mente estaba en paz, porque nadie a su alrededor le disturbaba ni le hería, así que sólo amanecía y dormía, amanecía y dormía...
  Uno de aquellos días, Perlito salió de su cueva para beber del arroyo. Apenas podía sostenerse en pie, sus pasos eran trémulos y enlentecidos y su cuerpo una masa enjuta y palidecida.
  De repente, escuchó un suave tarareo que desde la orilla venía. Regaba el agua del riachuelo los pies desnudos de una joven muchacha de cabellos dorados, envuelta en un vestido del color del cielo. Perlito trató de huir de ella, pues no quería que nada malo le dijera sobre su aspecto, su ropa o su olor pero, débil como estaba, tan pronto encaminose en otra dirección, sus pies tropezaron y cayó.
- No tienes que huir de mí, chico- le dijo la dama, en un tono absolutamente amable que le llevó a los tiempos en que era arropado por su madre antes de dormir-. Soy un hada, un hada buena. Sólo te quiero ayudar.
- No veo cómo nadie podría ayudarme- respondió él desde el suelo.
- Voy a darte algo que tenía reservado para ocasiones especiales.- La muchacha sacó un objeto de su bolsillo, un pequeño espejo con bordes de plata y una cara sin rostro cincelada en la empuñadura.
- Parece un espejo normal y corriente. Odio los espejos- dijo Perlito, a quien nunca le había gustado su propio reflejo.
- Un espejo, sí, pero uno con un gran poder en su interior. Cualquier cosa que le digas al Espejo Veraz, en el mismo momento de pronunciarla, se hará realidad. Ten, pruébalo.
  Perlito recogió el objeto de sus jóvenes y alargadas manos. Al ver su reflejo, inmediatamente acudieron a él un sinnúmero de emociones. A pesar de haber cambiado mucho desde que marchara al bosque, aquellos rasgos asimétricos y sus ojos tristes y apagados le seguían esperando al otro lado, insultándole mudamente.
- Has fracasado en todo cuanto has intentado, eres un inútil y te odio- escupió al instante. Luego, sin poder contener sus lágrimas, apartó el espejo como si quemara.
  El hada asintió ante la escena, con mirada maternal.
- ¿Ves? Te lo dije, las hadas no mentimos.
- ¿Y esto para qué sirve? Ahora me siento infinitamente peor...- sollozó el muchacho.
- Te sientes mal porque lo has usado para ello. ¿Por qué no pruebas a decirle cosas positivas al espejo?
- No sé si voy a ser capaz. Mi reflejo nunca me sugiere ninguna cualidad.
- No hace falta que sean cualidades como tal- insistió el mágico ser-. Bastará con que fueran cosas amables y sinceras al principio: una afición, un comportamiento que hayas tenido, algo que te anime...
  Perlito volvió a contemplar su reflejo. Aquel rostro que le avergonzaba seguía esperándole. Esta vez, sus labios agrietados se movieron de manera distinta.
- Has sido amable con los demás.
  Inmediatamente, un alud de sentimientos cálidos y agradables acudieron a arrullarle. Su tristeza dejó pasó durante un instante a una sensación agradable y lúcida, como un rayo de sol a través de un día lluvioso. De repente, el anterior daño que el Espejo Veraz le había causado se esfumó.
  Viendo que había obrado bien, el hada desapareció.
  Durante los siguientes días, la vida de Perlito cambió radicalmente. Las palabras que le llegaban del espejo tenían un efecto reparador sobre su alma castigada, sobre todo, por sí mismo. Conforme pasaba el tiempo, cada vez era capaz de controlar mejor esos poderes, sus heridas cicatrizaron y pronto pudo moverse de nuevo. Empezó a pescar, a recolectar comida, a disfrutar de los colores y los sonidos que el bosque encerraba, siempre con el apoyo del Espejo Veraz. “Sabes encontrar bayas. Se te da bien pescar. Puedes respetar otras vidas. Tienes la suficiente fortaleza como para vivir solo”. Eran sólo unas de las palabras que el objeto le susurraba, compañeras que le daban fuerzas para seguir.
  Pasado un tiempo, se vio con ánimos y fuerza para dar fin con su aislamiento y regresar al pueblo. El comienzo fue duro pues, acostumbrado a la soledad, el trato con otros resultaba mucho más impredecible. Sin embargo, alentado por el Espejo Veraz, logró algo que nunca había conseguido antes: conectar con los demás. Cuando alguien le criticaba, inmediatamente el espejo le contaba las cosas buenas que había logrado, en oposición; si hacía sentirse mal a alguien, le indicaba cómo había solucionado la situación; por cada nuevo problema, el objeto le tranquilizaba, pues nada había bajo el sol que no tuviera solución. “Es normal no estar siempre de acuerdo. Te has disculpado y has sabido llevar la situación. Las críticas te ayudan a aprender. Puedes con las críticas. Puedes mejorar. Cada día que pasas con otros, eres una persona más completa”. Al compás de las palabras prosperó, y encontró un trabajo, y amigos que le acompañaran, y una vida que le satisfacía.
  Un buen día, Perlito amaneció con ánimo inusual, contento e ilusionado. Por primera vez en su vida, se dio cuenta de que le gustaba estar en su piel. El chico cogió el Espejo Veraz, lo sujetó ante su rostro, más aseado e iluminado de lo que había estado nunca, y pronunció las palabras.
- Eres una persona válida y valiosa
  Y, desde entonces, Perlito se olvidó de usar el espejo. Las críticas de los demás habían dejado de tener un efecto dañino, y ahora le servían para cuestionarse, aprovechar la opinión de otros y tratar de ser una mejor persona. Con el tiempo encontró el trabajo que más le gustaba, una chica que le quisiera y un hogar donde asentarse. Y fue feliz, y triste, y luego feliz, en una rueda que continuó girando sin descanso, siempre hacia delante.
  Mientras tanto, el Espejo Veraz permaneció escondido en su cajón, cogiendo polvo y oxidándose como cualquier otro espejo normal.

FIN

jueves, 11 de febrero de 2016

La Caverna del Encuentro

Debido a sus propias decisiones, estaba el chico solo, en una cueva tan lóbrega que jamás habría podido adivinar su profundidad. No recordaba el camino que le había llevado a acabar allí, por lo que tampoco conocía ninguna salida. A sus pies, los pilares de roca en que se sostenía parecían sólidos y macizos, pero estaban suspendidos de manera inestable en el aire. Por ello fue, que empezaron a caer. 
  Primeramente, se desplomó aquello que más quería, lo que más había amado nunca. A este pilar central, inmediatamente le siguieron los demás, que se sustentaban en el primero: familia, esperanzas, deseos, sueños... todo se fue precipitando hacia aquella negra oscuridad. Lo último en caer, su propia percepción, le dejó solo, sin nada en lo que mantenerse. Aún así, no descendió. En su lugar se quedó flotando en un limbo de sombras impenetrable del que no tenía idea alguna de cómo escapar. 
  Así estuvo por largos días. La desesperación se cernió sobre su alma como una sábana demasiado pesada para poder dormir hasta que, de repente, una imagen surgió nítida ante sus tristes ojos. Como colgado de hilos invisibles, el mismo chico que era le miraba desde el otro lado de su reflejo, con una sonrisa descarada que él nunca había podido esbozar. 
- Te odio- dijo él viéndose a sí mismo, casi por instinto. 
- ¿Sabes qué soy?- El chico no supo dar respuesta a esa pregunta. El reflejo prosiguió-. ¿Cómo puedes odiarme sin conocerme?
  El muchacho guardó silencio, pues realmente tenía razón. Veía que lo que había delante de él era su viva imagen, pero de algún modo nunca habría podido describir lo que guardaba esa fachada, al igual que no era capaz de describirse enteramente a sí mismo. Habría sido como juzgar un libro por el dibujo de la portada, el título o el nombre del autor.
  Las sombras devoraron su rostro conforme las dudas le atrapaban. 
  Viendo el efecto de sus palabras, el reflejo radicalizó su sonrisa. 
- ¿Sabes qué soy?- repitió, y al no obtener respuesta, prosiguió-. Soy fuego.
  Y al instante, su cuerpo estalló en una bola de calor y desapareció.
  El chico volvió a quedar solo. De algún modo, nunca había dejado de estarlo. Una gota cayó desde el techo de la caverna sobre su frente, fría, húmeda, limpia. Miró hacia atrás, hacia lo que había hecho, hacia lo que había descubierto y aprendido, hacia lo que había demostrado a todos los demás y a él mismo.
  Entonces, y solo entonces, terminó de entender la lección. 
- ¡AHHH!- gritó de manera áspera, desgarradora, desesperada, un grito rabioso y lleno de furia descontrolada. En seguida, su cuerpo también se hizo uno con las flamas.  
  La llama en la que se había convertido, entonces, se precipitó al vacío. Dolía tanto como si le arrancasen la piel, pero a la vez era tan luminosa que los secretos de su cueva fueron desvelados. Tocó el suelo, saltó contra las paredes y las reventó para salir al exterior. Era fuego. Fuego imparable, que destruye a su paso, que arrasa. Fuego nítido, candente, sincero, que no oculta su naturaleza. Fuego que ejecuta finales para grabar su propio camino en la tierra, un camino nuevo que acababa de empezar...

FIN