martes, 20 de diciembre de 2016

Una Navidad Turbia

Iba a hacer un cuento sobre la Navidad, o algo así. Algo sobre un cuarto rey mago, por ejemplo, uno desconocido, no tan famoso como el resto. ¿Por qué? Quizás porque… porque no trajese regalos. Tal vez ese inédito personaje fuera el encargado de las cosas que nos dicen son más importantes: el afecto, el reencuentro de la familia, el amor, la solidaridad… sobre todo eso. La solidaridad. Al principio no le conocería nadie, ese sería el planteamiento inicial. La gente de hoy pasa de esas cosas, prefieren lo material. Después… después se haría conocer. Tal vez los otros reyes magos se negaran a entregar sus regalos y él fuese el único disponible. Al final, la gente vería que era el más importante, el que siempre estaba ahí pero nunca se le daba mérito. No sé, algo así. Podría hacerlo. Se me da razonablemente bien escribir para estar en la situación en la que estoy… pero hoy no me da la gana. Hoy la niebla es densa, la humedad se interna en mis enfermos huesos y me causa dolor. Hoy no es un día para putas historias bonitas. La gente no las merece…
- Por favor, ruego disculpen las molestias que les pueda ocasionar. Soy padre de familia, tengo dos hijos, de 1 y 3 años. El pequeño está enfermo. Actualmente, no tengo trabajo ni estoy cobrando el paro. Si alguien pudiese ayudarme con lo que fuera, le estaría muy agradecido. Tengo paquetes de clínex para vender, 1 euro dos paquetes o la voluntad. Muchísimas gracias… ¿1 euro dos paquetes o la voluntad? ¿1 euro dos paquetes o la voluntad? ¿1 euro…?
  Paseo por el vagón del metro ofreciéndome, vendiendo mi dignidad. Y duele. La gente no sabe cómo me duele dar un paso con estas putas piernas. La dignidad ya no. Esa ya ni la noto.
  El sonido del tren es como una tabla deslizándose, las curvas me hacen perder el equilibrio. La mayoría no me mira. Saben que estoy, que les hablo a ellos, me oyen… pero mantienen su vista baja. Como si así pusieran un escudo, como si les diera vergüenza…o, quizás, porque mirarme sea asomarse al abismo de sus peores miedos: convertirse en alguien como yo. Tener la cara picada, ir sucio y desarreglado, oler mal… Pero yo a ellos sí que les miro. Tal vez para incomodarles, tal vez para quedarme con sus caras. Esto último nunca lo he conseguido. Veo muchas caras al día, y todas son lo mismo. Rostros ensimismados, agrios y autoprotectores. De vez en cuando, alguno alza la vista y nuestros ojos se encuentran. Un mudo “no” y apartan la mirada rápidamente. Me gusta tener ese poder. Es mi consuelo.
  No dejo de pensar que yo podría ser como estas personas, haber seguido el camino de todos, haber estudiado, encontrado un trabajo, vivido de eso… pero soy hijo de las drogas, el alcohol y, sobre todo, la indecisión. Nada me gusta, nada me llama la atención. “Prefiero morir a vivir haciendo lo que no me gusta”, decía a mi familia. ¿Me arrepiento? Nunca lo hago. Arrepentirse no sirve. Mis padres murieron hace tiempo, no tengo a nadie. Las pivas a las que me he tirado sin pagar hace tiempo que no querrían acercarse a alguien como yo. No las culpo. Pero no me arrepiento.
  La gente me hace el mismo caso que siempre. Cero dinero llevo. Soy un hombre grande, fuerte, podría estar en una obra cargando ladrillos. Y tampoco soy buena persona. He robado, he agredido. He insultado y mentido. De hecho, como no tenga nada que comer, tal vez tenga que partir algunas bocas. No creo en Dios. Y parecen notarlo.
  Un pijo con la raya al medio pasa por mi lado y me roza el hombro. Si le veo de noche, ¡le reviento! Y entonces, unas pequeñas piernecitas se acercan a mí.
- Toma- dice una niña tímidamente.
  Es una niña, pero es rara. No tiene cejas y lleva la cabeza envuelta en un pañuelo morado. Está enferma de algo, creo. No lo sé. No me importa.
  Le tiendo la mano y me da un papel. Es simple y está dibujado con trazos irregulares, pero es una estrella amarilla. Además, suelta una moneda. 20 céntimos. Una basura. Le miro a los ojos sin ninguna expresión.
- Gracias.
  A lo mejor lo he dicho muy secamente. A lo mejor es porque no le he deseado “feliz Navidad”. No me gusta usar eso. La Navidad es una mierda. Hace frío y no motiva a nadie. Cuando oyen “Navidad”, la gente no piensa en solidaridad o hermanamiento. Piensa en regalos, gasto. Y son más tacaños. Como sea, la sonrisa de la niña desaparece y se va andando rápido hacia un señor con gabardina y aspecto desaliñado que la espera en un asiento, mirándome seriamente. El padre. Probablemente le haya dicho que me dé el dinero como entretenimiento, como si fuera un animal de zoológico al que tirar cacahuetes. A lo mejor lo ha sacado de su hucha y me da lo poco que tiene. Poco importa. Esa cantidad es una mierda, calderilla que pesa más que ayuda. Meto el dibujo en un bolsillo y la moneda en otro. Y sigo.

Nunca creí en Dios. Quizás de pequeño, con el fervor vacuo que inculcan unos padres que han mamado de la iglesia, pero desde que tengo la razón, la relevancia de eso es para mí la misma que la de un huracán en China: ninguna. A lo mejor por eso Dios no me quiere.
  El día de hoy ha sido una mierda. 3 euros, lo justo para un bocata. Ni para el peor vodka. Tendré que registrar las zonas de botellón otra vez. Va a hacer frío. Frío de cojones. Las calles de Madrid son tan frías en diciembre… y el suelo está resbaladizo, empapado. Puta niebla.
  Paseando por Plaza España, veo unas luces, un cartelito de abierto. Es un chino. Algunos son… útiles. Algunos prefieren darte algo antes de que se la líes. Otros guardan navajas. Pero hay que arriesgarse.
  Cuando entro en un sitio, el ambiente siempre es hostil. Los humanos tenemos ese mecanismo de defensa llamado “prejuicio”. Estamos solos y el tío no es tonto. Me mira con el ceño fruncido, detrás de esos ojos rasgados y severos, con todos sus sentidos puestos mí. Es bajito, más que yo. Eso es bueno.
- ¿Tiene algo que le sobre?- pregunto.
  El chino niega. Igual ni me ha entendido del todo. Pero niega, por si acaso.
  Reviso el local con la mirada. Es sucio y pequeño. Las botellas de alcohol están alineadas a su espalda. En el mostrador tiene chucherías… y algo más.
- ¿Me puedo llevar uno de esos?- le digo, señalando un “Rasca y Gana de Navidad”.
  El chino me mira un segundo. Niega otra vez. No me entiende.
- ¡DIGO!- Toca empezar a alzar la voz-. QUE SI ME DA UNO, AMIGO.
  El chino vuelve a mirarme con esos ojos nada amistosos.
- Tle eulo.
  Joder, por fin lo ha cogido.
- NO TENGO NADA. YO…
  Me reviso el bolsillo de manera visible. Noto algo frío y duro, lo saco. Son 20 céntimos, quizás los de esa niña. Los había olvidado.
- SÓLO ESTO.
  El hombre vuelve a mirarme. Su rostro se está poniendo tenso por momentos.
- Tle eulo.
- Joder, ya lo sé…
- Vete, pol favo.
  Ya me ha tocado los huevos. Un chino de mierda me dice que me vaya…
  Agarro la moneda fuertemente, hasta que me arde dentro del puño. Y se la tiro a la cara.
  El hombre se lleva la mano al ojo donde le he acertado. Entonces, le doy un puñetazo. La sangre empieza a caer justo cuando el cartílago de su nariz resbala entre mis nudillos.
- ¡Ah…!- grita, con voz nasal.
  Agarro un rasca y salgo corriendo. Aun no es lo bastante de noche, alguien podría estar cerca. Hay transeúntes y coches. Es mejor no ser avaricioso. Además, sólo ha sido un capricho. Mientras el chino grita, yo me alejo por las calles oscuras sin oposición. La gente se aparta. Es Navidad. Nadie quiere ser un héroe en Navidad.
  Me escondo detrás de unos contenedores en la cuesta de San Vicente. Hay más gente como yo. Miradas sucias, tristes y desvalidas se me clavan encima. A algunos les conozco. A otros no, pero sé que son escoria. Como yo. Iguales a mí. Y, por fortuna, no les importo.
  Poco a poco me relajo, mientras noto cómo mi corazón, que iba a mil, se sosiega. Quizás el chino haya llamado a la policía. Les deseo suerte a los agentes tratando de entenderse. Y ya si lo consiguen, a ver cómo me distinguen entre todos estos diablos.
- ¡Eh! ¡Grunt!- oigo que me gritan. Es un viejo desdentado, con una barba que debería ser blanca, pero tan sucia que ha adquirido un tono amarillo repugnante-. Ven aquí.
  El viejo me hace aspavientos con la mano. Le llaman Pet, de mascota, pero nadie sabe su nombre. Hace tiempo que perdió la cabeza, pero es un tío que comparte el alcohol, y sólo a cambio de hacer que escucho sus desvaríos de viejo loco y aguantar la peste de sus labios podridos por el tabaco. Y eso está bien para mí.
- Ahora, Pet.
  Busco en mis bolsillos. Con el frenesí del momento, había olvidado el frío que hacía. El vaho se acumula a mi alrededor como si la propia alma tratase de escapar de mi cuerpo. ¿Dónde habré metido el rasca? Lo primero que encuentro es una hoja arrugada. La abro. Es el dibujo de la niña del metro, la estrella mal hecha. La tiro al suelo. Sigo buscando, hasta dar con él. Está manoseado, pero no roto. Lo abro. “Gana hasta 500.000 euros”, leo, con letras doradas. Dejo escapar una risa turbia. Así de simple. Si algo he aprendido, es que las cosas que son tan fáciles son mentira. Rasco la primera casilla con la uña de mi dedo índice. Está tan sucia que un poco más de roña apenas se nota. Lanzo otra risotada seca.
- Qué coincidencia…
  El primero es una estrella amarilla. Miro la leyenda. Con tres, el primer premio. Los 500.000. Sin entusiasmo, rasco la segunda casilla. Por un instante, mi corazón vuelve a acelerarse. Otra estrella.
  Demasiados pensamientos. Tengo que ordenarlos. Por un instante, muchas cosas pasan a la vez. Una casa. Calefacción. Un coche. Putas. Comida caliente. La cara del chino, sangrando. La cara de todos aquellos a los que he dejado sangrando en el camino. La cara de la niña, asustada. La de mis padres, muertos, decepcionados. ¿Qué he hecho en la vida? ¿Qué hago ahora? Tengo que calmarme. Estas mierdas son así. Hay muchos billetes casi premiados. Así te enganchan. Así juegan con tu cabeza.
  Poso la uña. Dos estrellas. La tercera está en el suelo, arrugada. Alguien la pisará y se ensuciará. Como yo lo estoy, desde hace tanto tiempo… por suerte, no creo en Dios. No creo en el bien o el mal. Creo en salir adelante, como sea. Pero no siempre he sido así. Quizás este boleto sea mi oportunidad de volver a ser… menos mierda. No creo en Dios. No creo en… ¿justicia? ¿Me merezco el premio? Sé la respuesta…. ¡a la mierda, sólo es una estafa! Estas cosas no tocan. Y si oca, ¿qué…?
  Rasco la tercera casilla. Una risa nerviosa, histérica e incontrolable se adueña de mí por completo. Repaso las tres casillas con calma, analizando bien cada figura. Es inútil. No puedo parar de reír.  
- Puta… mierda…
- ¿Qué coño pasa?- pregunta una gitana con el pelo aceitoso, envuelta en mantas roídas. No sé en qué momento se ha colocado junto a mí. En este vertedero de personas, sólo sobreviven los fantasmas.
  Aprieto el papel en el puño.
- ¡¿A ti qué coño te importa?!
  Veo su cara. La súbita respuesta le desencaja el rostro un segundo. Otra vez esa cara. Es miedo, pero también es asco. Es la cara que merezco, y no otra cosa.
  La mujer… aunque no lo parezca, lo es, me gruñe algo en otro idioma. Me la suda. Me doy la vuelta hacia la carretera. Un coche se acerca a toda velocidad.
- Ni me lo puedo creer.
  Con decisión, lanzo el “Rasca y Gana”. El viento que levanta el coche se lo lleva lejos, hasta perderse en la noche.
  No creo en Dios. No creo en el bien o el mal. Pero sí que hay algo en lo que creo. Y es una mierda haberlo descubierto ahora. Me doy la vuelta.
- A ver qué quieres, viejo loco- le digo a Pet, preparándome para otra noche de lo que merezco.

Es de día. La cuesta de San Vicente está concurrida. Decenas de personas caminan de un lado a otro, decididas, directas a sus destinos. Algunas van a trabajar, otras a las rebajas de Navidad, como borregos. Es lo mismo. Ninguna mira a otra. Ninguna mira al cielo. Ninguna mira al suelo. Si uno escucha con calma, se puede extraer un ritmo común de sus pisadas.
  Entre la vorágine de zombis, una niña pasea cogida de la mano de su padre. Tiene la cabeza envuelta en un pañuelo verde y las piernas muy finas, casi como alambres. Canta en voz baja, mirándose los pies.  De repente, se detiene. Algo ha llamado su atención en el suelo, algo que nadie ve. El padre tira un poco de ella, pero esta finalmente se suelta.
- Vamos a llegar tarde al médico- dice el hombre, ojeroso.
  La niña le ignora. Se agacha a recogerlo.
 - No cojas cosas del suelo…- empieza el hombre.
  Pero la niña no le hace caso. En su lugar, agarra un “Rasca y Gana” sucio y pisoteado. Lo mira un instante.
- Uy…
- Te vas a manchar…- pero, antes de que acabe la frase, ella le muestra el boleto. La cara del hombre cambia drásticamente.
- ¿Papá?

- Feliz navidad.

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