viernes, 30 de octubre de 2015

La Máscara de Thomas

Apareció un día cualquiera a las puertas del orfanario de Londres, sin que nadie supiera de dónde había llegado, demasiado joven para recordar el rostro de su madre, si tenía los ojos de su padre o si alguna vez había sido querido. Le bautizaron Thomas, uno de los nombres más comunes de la Inglaterra de principios del siglo XX, un alma más de las de cientos de niños sin padres que moraban entre aquellas paredes… sólo que este Thomas no era como los demás.
  Desde el principio, aquel niño demostró ser diferente, a pesar de su rostro común, de piel pálida, ojos claros y pelo negro y frondoso. Era una persona huraña, reservada e huidiza que nunca hablaba con nadie. Mientras sus compañeros se relacionaban, creaban amistades y charlaban sobre sus sueños, Thomas únicamente atendía a las escasas lecciones que le impartían, trabajaba para mantener el lugar y, sobre todo, observaba. La realidad era que no podía soportar la felicidad a su alrededor.
  Algunos dicen que era la envidia de una mente enferma que nunca había sentido calor humano. Otros, que él era otra cosa. Thomas dedicó su estancia en el orfanato a sembrar dolor entre sus compañeros, amargar aún más su ocre existencia. Creaba rumores, separando amistades y enfrentando a compañeros entre sí; si alguno conseguía encontrar novia en el pueblo, él falsificaba cartas y creaba malentendidos para que se pelearan y rompieran la relación; a veces, desaparecían cosas de los despachos de los cuidadores y eran encontradas bajo la almohada de huérfanos que juraban ser inocentes. A pesar de no dejar nunca huellas, los desagradables incidentes que rodeaban al chico no pasaron desapercibidos para sus partenaires, y pronto se ganó el sobrenombre de “Thomas la Serpiente”. El chico estaba tan encantado con su mote que, desde entonces, siseaba cuando paseaba a solas.
  El día que Thomas abandonó el orfanato, todos lo celebraron. Había cumplido los 16 años, y ya era hora de que se enfrentara al mundo. Pronto encontró trabajo en una fábrica de automóviles. Una vez dentro, las desgracias que le rodeaban no hicieron más que subir de nivel: extorsiones, enfrentamientos entre compañeros, accidentes inexplicables que terminaban en graves heridas… el sufrimiento de los demás acompañó al joven en un ascenso meteórico dentro de la empresa. Cuando su principal rival en la pugna por un puesto de encargado perdió la mano en una máquina de ensamblaje, Thomas “la Serpiente” adquirió una posición de relativa categoría con la que amasó una importante cantidad de dinero.
  Un día Jackelin, la hija de unos de los máximos accionistas, acudió a la fábrica. Se trataba de  una joven de exquisito perfil, dulce, delicada y de ideas románticas y taciturnas. Thomas no tardó en fijar su vista de reptil en ella. Estaba prometida con un miembro de la baja aristocracia, pero al poco tiempo su auto sufrió un desgraciado accidente y el hombre quedó en coma irreversible. Poco tardó “la Serpiente” en seducir a la desdichada soltera, corromper su mente con sibilinas palabras zalameras y, finalmente, deshonrarla. Para cuando su padre lo descubrió, la joven estaba tan hipnotizada que, negándose a obedecer a su progenitor, fue desheredada.
  Hay quien dice que, al principio, Thomas la quiso. Hay quienes creen que sólo la mantuvo como una posesión egoísta. El caso es que ambos fueron a vivir juntos. Tras el escándalo, “la Serpiente” empezó a trabajar como limpiador de zapatos. A pesar del cambio de ingresos, con apoyo de sus ahorros, los jóvenes pudieron casarse y ambos convivieron juntos una temporada en un apartamento a orillas del Támesis. Pronto, Jackelin descubrió hasta qué punto había sido vilmente embelesada. Thomas apenas le dirigía la palabra, su trato únicamente se reducía al sexo frío y desprovisto de humanidad de cada noche. El resto del día que su marido no trabajaba, la mujer sólo sabía de él lo que los susurros sibilinos que escapaban de su escritorio le contaban. El hombre a menudo se encerraba y mantenía lo que parecían conversaciones a solas consigo mismo. A veces, Jackelin se despertaba en mitad de la madrugada y podía oírle desde la otra habitación, siseando en un idioma que no entendía, sin respuesta aparente. La duda oprimía el pecho de la chica hasta asfixiarla de terror, más nunca se aventuró a investigar lo que su marido hacía allí dentro.
  Jackelin siempre había vivido envuelta en comodidades, haciendo lo que sus apetencias le habían dictado. Actualmente, vivía modestamente y tenía prohibido salir de casa. A Thomas no le hacía falta amenazar a alguien para mantenerlo aterrado. Nadie recuerda ver el rostro de la chica durante esa primera época. Nadie recuerda haberla visto durante la estancia en que estuvo conviviendo con el monstruo, ni un grito, ni un susurro. Prisión o vivienda, los vecinos no sabían bien lo que sucedía en el interior del apartamento. Hasta que, un día, la muchacha fue al hospital, encinta. Los médicos auguraron un varón sano y fuerte, un rayo de esperanza para la joven reclusa.
  Cuentan que durante un tiempo, la muchacha fue feliz. A veces se oían canciones desde su ventana, colgó unos geranios en el alfeizar e incluso de uno a otro día salía a comprar el pan y, aunque escasas, mantener conversaciones con las vecinas. Pocas semanas después de la feliz noticia, en una velada apacible y quieta, la mujer despertó envuelta en sangre y tuvo que acudir al hospital nuevamente. El niño que esperaba había muerto en su vientre.
  Varios días pasaron antes de que Jackelin pudiera volver a casa. Era una noche especialmente oscura y triste, una niebla densa cubría todo el pueblo como una gruesa manta. Tras aquel funesto ocaso, los vecinos recordarían la primera y única discusión que hubo en casa de Thomas.
- Muéstrales a todos tu verdadero rostro, ¡que vean al monstruo sin su máscara!- repetía una y otra vez la desgraciada mujer, con un cuchillo en su diestra y un bote cerrado en la otra mano.
  Thomas la miró imperturbable. Sus ojos, fríos estanques de hielo, apenas vacilaron un instante cuando la joven acometió contra él con el arma. Carne tras carne, el filo hendió su rostro, dibujando un surco rojo, ardiente como el fuego. La Serpiente ni siquiera gritó cuando la piel empezó a desprenderse de su cara. Ante los ojos de Jackelin, la verdadera faz de su marido vio la luz, y ella descubrió que había estado equivocada: antes de aquel momento, nunca había experimentado lo que era el verdadero miedo. Durante un instante fugaz, una sonrisa afilada se dibujó en el semblante del monstruo, antes de que se abalanzara sobre su mujer, le quitara el cuchillo y hundiera los dedos en su garganta.
- Todos usamos máscaras- le susurró-. Muéstrame lo que la tuya oculta.
  Tras varios minutos, los curiosos que habían aguardado impacientes el desenlace pudieron ver a Thomas salir de la casa, cubriéndose el rostro con una mano ensangrentada, siseando.
  A la mañana siguiente, la policía encontró a la chica muerta en la cocina. La sangre había regado las paredes hasta cubrirlas de un manto rojo enfermo. La cara de Jackelin había sido completamente desollada, su piel pegajosa descansaba a escasos centímetros de su mano, aún sujetando en póstumo estertor un bote de artemisa, la sustancia usada para abortar que había encontrado en los armarios.
  Por su parte, nada se volvió a saber de Thomas. Sencillamente, la niebla se lo tragó. Algunos dicen que murió a causa de la herida y se lanzó al río, que su cadáver sigue perdido. Otros piensan que el diablo le reclamó para sí mismo antes de que llegara su hora, a la persona que jamás conoció el amor, para que le sirviera siempre en su nombre.

  Cuenta la leyenda que, algunas noches de niebla, Thomas "la Serpiente" vigila a sus presas. Si oyes su siseo, se presentará ante ti y también te quitará tu máscara, para que tu verdadero rostro quede al descubierto, igual que hicieron con el suyo propio...

FIN

martes, 6 de octubre de 2015

Muñeco Tóxico

El fabricante de juguetes rellenó la envoltura de trapo. Luego, cosió los bordes con finas puntadas que apenas se notarían, invisibles para la mirada ilusionada de un niño. Por último, encoló los ojos en la cara, dos gemas brillantes y vivas, de un azul oscuro tan vibrante como la noche más profunda.
- Te encomiendo una labor, un trabajo simple y, a la vez, tan complejo que poca gente se da cuenta de que, en realidad, es a lo máximo a lo que podemos aspirar…- dijo el anciano, con un tono que recordaba al de un padre con su hijo. Luego, le dio de su propio fuego.

Primeramente, le compró un hombre de manos duras y callosas como regalo de cumpleaños para su hija. Cuando la niña abrió el paquete, en seguida cayó enamorada del muñeco, de sus pantaloncitos vaqueros con bolsillos enanos, de sus manos grandes y esponjosas como manoplas, de sus rizos dorados, de sus ojos de piedra… Rápidamente, integró al fetiche entre sus mejores amigos. La muchacha era reservada y tímida para alguien de su edad, por lo que la mayor parte del tiempo jugaba a solas con sus variadas muñecas: princesas de cuento, soldados de rostro severo o animales de peluche, eran sólo parte de su grandiosa colección.
  Con su nuevo compañero, jugó tanto como le permitía su tiempo libre e ideó historias de fantasía, aventuras con la que se transportaba a otro mundo más colorido y feliz. Hasta que las cosas cambiaron.
  Poco a poco, la casa se empezó a inundar de odio. La madre estaba cada día más distante del resto de su familia, y su padre empezó a beber. La niña no conocía los motivos, pero cada vez se peleaban más entre sí, llegando incluso a forcejeos. Eran temas que no entendía, aunque muchas veces parecía ser su culpa. Cada vez jugaba menos y, al final, ya casi sólo acudía a sus juguetes, triste, para llorar a su lado.

Cuando la chica joven revisó su bolso, su corazón dio un vuelco. Desde dentro, mirándola con fríos ojos pétreos, el muñeco respondía mudamente a su duda de qué había sido el tirón notado hacía un segundo. Al principio dudó. ¿Quién le habría metido aquella cosa en el bolso? ¿Para qué?
- El mundo está lleno de tarados- se dijo.
  Sin embargo, una mirada a enigmática boca cosida la convenció para que se lo quedara.
  Vivía sola en un apartamento del centro de la bulliciosa ciudad. Tenía novio, un trabajo, casa… y muchos sueños por cumplir. El muñeco se limitaba a ser testigo silencioso de cómo trabajaba para sacarlos adelante, siempre desde la comodidad de su cama.
  Un día, llegó a casa llorando. Tras desahogarse a pocos centímetros de donde él se encontraba, cogió el teléfono y marcó los números con ansiedad.
- Me ha dejado…- dijo, entre sollozos.
  Las cosas no mejoraron para la chica. Tras unas semanas terribles, perdió el trabajo. Sin dinero para ello, se vio obligada a abandonar el piso. Lágrimas amargas recorrían su rostro mientras empacaba sus cosas, de vuelta con sus padres.

Los siguientes en encontrar al muñeco fueron una pareja de chicos jóvenes que volvían con una bolsa cargada de bebida. Tendido en el suelo, con los miembros desperdigados y los ojos orientados hacia el cielo, les hizo gracia y decidieron llevarlo con ellos.
   Aquella noche, asistió a una fiesta en un piso compartido. Apostado en una estantería las bromas, las risas, los recuerdos de otros tiempos danzaron ante las brillantes gemas que eran sus ojos. Todo fue bien, hasta que uno de los chicos se fundió en un cálido beso con otra de las asistentes. Un tercero se levantó airado y se marchó de la escena.
  Acabada la fiesta, los días posteriores no fueron nada tranquilos. El ambiente era hostil y osco. El amante tuvo varios encontronazos con su amigo, qué respondía secamente o esgrimiendo malos modos. Con el tiempo, los roces hicieron mayor fricción, las peleas estallaron y, en una discusión, entre reproche y reproche, se zarandearon. Sólo la mediación del tercer compañero impidió que se dañaran.
  Nadie se percataba de su presencia. A nadie le importaba. Así que un día, simplemente, el muñeco saltó de su estantería y se fue.

Era de noche, y el fabricante de juguetes acababa de acostarse. La quietud era absoluta, y únicamente la luz de la luna filtrándose a través de su ventana abierta iluminaba la penumbra. La cálida brisa nocturna templaba su fiebre.
  De repente, distinguió entre las sombras una silueta. Con mano temblorosa, encendió la lámpara de su mesilla.
- ¡Hijo mío! ¡Qué alegría verte! ¿Qué tal te ha ido?
  El muñeco le contemplaba impasible. Sus labios se deshicieron de las costuras en una mueca dolorosa.
- Horrible.
- ¿Qué ha pasado? Cuéntamelo todo- dijo el hombre, sosegado.
- Primero estuve con una niña. Era muy agradable y simpática, pero pronto su fuego empezó a apagarse. Sus padres discutían cada vez más, su dolor aumentaba y yo no sabía qué hacer. Luego estuve con una chica emprendedora, independiente y luchadora. De nuevo, las cosas se torcieron en cuanto llegué, perdió el trabajo y tuvo que renunciar a sus sueños. También estuve con unos amigos, pero estos empezaron a pelearse y ya ni siquiera creo que vuelvan a hablarse. Soy tóxico.
  El anciano arqueó sus cejas blancas.
- ¿Qué significa eso?
- Que atraigo las desgracias. La vida de todos los que me rodean se pudre, con mis ojos mágicos puedo ver cómo su fuego se extingue, mengua y titila hasta casi desaparecer. Familia, amigos, pareja… todas las personas se perjudican por mi influencia. Los libros hablan de cómo tratar con alguien tóxico, alejándote y cortando su aura pero… ¿quién te dice qué hacer si el tóxico eres tú?
  El fabricante pensó en sus palabras.
- Y tú, ¿qué haces cuando esas cosas malas le pasan a la gente?
- Me voy. No quiero hacerles daño.
- ¿Y no has pensado que, precisamente en esos momentos es cuando más falta les haces?
  El muñeco quedó sin palabras. Sólo pudo negar.
- La gente sufre continuamente, hijo mío, la mayoría de veces por cosas que no son de nuestra competencia, aunque estén a nuestro alrededor. Te hice para que llevaras felicidad y te di esos ojos mágicos para que supieras cuándo hacías falta. Y no hay persona que te necesite más como aquella de cuya alma la tristeza se ha hecho dueña y apaga su llama.
  El juguetero tosió sonoramente, tapándose la boca. Al despegarla de sus labios, el muñeco pudo ver la sangre que había esputado. Por primera vez, se dio cuenta de la debilidad de su llama, apenas una luciérnaga agotada sobre su cabeza.
- Me muero, hijo mío, mi tiempo se agota- dijo el anciano juguetero.
  El muñeco de trapo fue hasta donde se encontraba sin pensarlo, subió a la cama y reptó por las mantas hasta acurrucarse a su lado.
- No te preocupes- dijo-. Estaré a tu lado hasta el final.

Y desde entonces, el muñeco no abandonó a ninguno de sus compañeros. A las noches oscuras y frías les sobrevinieron amaneceres llenos de luz y esperanza, y descubrió que no era tóxico, sino que no había sabido lidiar con el sufrimiento de aquellos que le importaban. Por fin, logró alcanzar lo que su corazón más anhelaba: hacer feliz a otros. Y, de esta manera, él también fue feliz.


FIN