lunes, 9 de noviembre de 2015

La Semilla que Nunca Muere

Vivió en su cabaña de madera vieja, a los pies de una enorme montaña solitaria, una bruja. La llamaban Annie y, aunque todos en el reino la conocían, no tenía amigos. A pesar de ser más hermosa que una noche estrellada, la gente la repudiaba, era temida y despreciada al mismo tiempo por sus inhumanos poderes, y a su hogar tan sólo acudían campesinos desesperados por alguna enfermedad de ellos o de sus parientes cercanos. Annie era capaz de aliviar cualquier mal con sus pócimas. Por unas pocas monedas o algún objeto que le pudiera interesar, los demandantes conseguían el remedio apropiado de su problema, el cual nunca fallaba.
  Por su parte, los humildes del reino estaban desesperados. Desde su trono de arce, el rey Juan VIII gobernaba con más inflexibilidad que justicia. Con impuestos asfixiaba a sus súbditos para mantener un ejército temible con el que satisfacer sus ansias de conquista. Su mano era férrea, castigando con penas peores que la muerte a cualquiera que osara alzar una sola palabra de rebelión. A pesar de no amar las ostentosidades, casi todo lo recaudado era gastado para acrecentar su ejército o pagar espías que se mezclaban con la gente, sus ojos y oídos entre el populacho. Ninguna persona se atrevía a discutir a Juan VIII, excepto su primogénita, Lucero. La princesa era una chica poco agraciada, de cabello dorado y generosas caderas. Única descendiente de Juan, heredaría el reino tarde o temprano, por lo que desde el día en que se hizo mujer participó activamente en la política. Por desgracia para el pueblo, su despotismo resultó mayor que el de su padre.  En su afán por subyugar aún más a la gente, se adueñó de algunos servicios como el de panaderos, curanderos y escribas, para que todo aquel que quisiera contratarlos tuviera obligatoriamente que dejar más recursos en sus arcas. Como condición posible para saldar una deuda, los campesinos podían entregar uno de sus hijos, que trabajaría de por vida como esclavo.
  Los súbditos, viendo que no tenían opción, empezaron a recurrir más a menudo a la bruja del bosque. Annie les curaba sin reparos, viendo su éxito multiplicado por la necesidad… lo cual no pasó desapercibido para la implacable Lucero. La princesa vio un día que las cuentas no cuadraban, así que interrogó a los campesinos hasta que delataron a la bruja. La primogénita viajó a la cabaña e hizo que decapitaran a la hechicera ante sus ojos. 
- Niña estúpida y codiciosa- bramó su cabeza desde el suelo-. Por tu avaricia condenas a tu pueblo pero, sin saberlo, también a ti. Yo te maldigo, que la enfermedad corrompa tu cuerpo hasta que quede igual de podrido que tu alma- dicho aquello, la bruja expiró.
  A pesar de no haberles otorgado crédito al principio, Lucero pronto descubrió que las palabras de la bruja no fueron una bravuconería. Horrorizada, vio como la piel y el pelo se le empezaron a caer, que cada día le costaba más respirar. De su cuerpo emanaban gases repugnantes, su visión comenzó a menguar y terribles dolores aquejaron todas sus extremidades. A pesar de sus intentos, ningún curandero fue capaz de encontrar explicación, y mucho menos cura. El rey, con el corazón descarnado por los alaridos de su propia hija, ofreció una gran recompensa a aquel que pudiera salvar su vida. Días pasaron sin respuesta, nadie en el pueblo estaba dispuesto a ayudar a aquella déspota hasta que, a la décima noche de tortura, un hombre moreno y sencillo se presentó en la corte.
- Mi nombre es Geo, y mi labor hasta ahora ha sido la de jardinero- comenzó el humilde, arrodillándose sobre sus roídos pantalones de lana-. Si bien es cierto que no soy curandero, mi experiencia me ha hecho conocedor de cierta panacea, aquello que puede curarlo todo. Sólo me hará falta una oportunidad para demostrárselo.
  Juan estaba desesperado, así que aceptó su ayuda.
- Mas, como sea un embuste, te lo haré pagar caro- replicó el monarca.
  Geo aceptó el trato. Solicitó una selección de semillas de lejanas tierras misteriosas, tan costosas de encontrar que sólo gracias al enorme poder del reino fueron capaces de reunirlas todas en poco tiempo. Una vez adquiridas, las machacó y solidificó con arcilla en pequeñas cápsulas. Después, hizo que enterraran desnuda a la princesa, únicamente dejando fuera su rostro. Los criados, esclavos y mayordomos, llenaron el cuarto de la chica de tierra. Con gran dolor, apartaron los vendajes que la cubrían, despegando con ellos las últimas capas de piel pegajosa que le quedaban. Luego, la hundieron con cuidado.
- ¡Qué tontería! ¡Qué desfachatez más inaudita! ¿Cómo Ha de curarme esto?- se quejó la princesa.
- A veces hay que ser humilde y confiar en los demás- respondió Geo. Después, le mostró las semillas-. Esto son semillas de “Esperanza”, también conocidas como “Semillas que Nunca Mueren”. Las plantaré junto a tu cuerpo, y allí deberán germinar. Una vez el brote haya arraigado, podré preparar el remedio definitivo. Mientras tanto, sus raíces te mantendrán con vida.
  Lucero no creyó una palabra, pero no tenía elección. Con resignación, quedó plantada en tierra, a la espera de algún resultado.
  Durante días, el jardinero estuvo cuidando de la princesa. Llegaba con la primera luz del alba, y no se marchaba hasta bien entrada la noche. A horas específicas que sólo él conocía la regaba, abría las ventanas para que el sol entrara en la estancia y removía la tierra con delicadeza. Para su sorpresa, Lucero comenzó a mejorar. Notaba el fango cálido y amistoso, como el abrazo que su padre nunca le había dado. A pesar de no poder verse, la sensación de dolor en sus miembros menguaba, y empezó a recuperar pelo y piel, junto con su ánimo.
- Cuéntame, jardinero, ¿cómo es que alguien como tú conoce este remedio?- se interesó un día Lucero.
- Como todo en la vida: quien me enseñó lo conocía antes que yo. Y tengo nombre, alteza. Soy Geo.
  La princesa se encendió ante tanta osadía. En cualquier otro momento habría mandado cortarle la lengua.
- Eres un jardinero, mi sirviente, y te llamaré como me dé la gana.
- Soy un jardinero, cierto. Soy tu sirviente, eso también es verdad. Pero nada de eso me despoja de mi nombre ni de mi dignidad. Creo que esa es una lección que a ningún gobernante conviene olvidar.
  A pesar de la mala impresión del principio, poco a poco Lucero aprendió a respetar a Geo. La curación mejoraba su humor, y el botánico era prácticamente su única compañía en todo el día. Pronto descubrió que se trataba de un hombre amable, de mente fresca y vivaz. Al final, casi sin percatarse, empezó a confiar en él.
- Nunca he sido feliz- le confesó una tarde la dama. El azul del cielo se reflejaba en sus ojos apagados por la tristeza-. A pesar de tener cuanto alguien pudiera desear. Mi padre es odiado, es cierto, pero mi madre es poco más que un alfeñique, una posesión de él a la que sólo mantiene y utiliza. Nunca conseguí cariño real, así que me decanté por crecer fuerte. Y entre muñeca o espada, yo elijo el acero. Jamás seré marioneta de nadie.
  Geo la miró con sus profundos ojos verdes.
- Nadie querría ser un fetiche, alteza. Sin embargo, tampoco hace falta ser daga para encontrar respeto. Tal vez debierais forjar vuestro destino sin la influencia de otros y, si me permitís, ser una reina a la que valga la pena querer.
  Con el tiempo, las palabras de Geo acabaron calando en el alma de la princesa. Durante su entierro, decidió convertirse en una mejor líder, una que no abusara de sus ciudadanos sino que tuviera como primer objetivo hacerlos felices. Entonces, de su pecho empezó a brotar un estrecho tallo, con un pequeño bulbo en su extremo.
- ¡Ya nace!- se emocionó la chica.
  A Geo se le iluminaron los ojos viendo tan notable progreso.
- Esta planta nace de la persona. La mantiene viva, es cierto, pero también se alimenta de ella, de sus sentimientos positivos. Se trata de una simbiosis en la que ambos salen ganando. Como debería ser la relación entre un rey y su pueblo.
  Lucero asintió. Se había acostumbrado al jardinero, tanto que había llegado a sentir algo por él. Se preguntó si tal vez pudieran seguir siendo amigos cuando su pesadilla acabara.
  Varios días más pasaron, y la planta creció mucho más, hasta casi llegaba al medio metro de altura. En su punta, el capullo dio paso a una flor violeta de reflejos brillantes, la más hermosa que la chica había visto nunca.
- ¿Cuánto tiempo queda, amigo?- preguntó Lucero-. ¿Cuándo podré, por fin, volver a caminar?
  El jardinero acarició los pétalos, observándolos con ojos analíticos de experto.
- Nunca.
  El hombre arrancó la flor y la princesa murió.

Aquella noche, Geo regresó a su casucha de adobe, en donde un niño envuelto en vendajes enrojecidos le esperaba. El joven padecía una terrible enfermedad que le había acompañado desde que nació. Con pericia, el jardinero picó las hojas de la flor mágica y las mezcló con aceite para crear un ungüento brillante que frotó por la purulenta piel.
- Padre- dijo el muchacho, entre sollozos-. Las marcas se van. Por fin seré normal.
  Poco a poco, la piel se fue aclarando, dejando paso a una dermis completamente sana. Niño y padre lloraron de alegría mientras se abrazaban.
  Acto seguido, empacaron lo poco que tenían y salieron de casa. Geo calculó que en medio día podrían estar en el siguiente pueblo, donde Juan VIII lo tendría más difícil para dar con ellos. Después, seguirían hacia el Este, empezarían una nueva vida.
- Gracias, cariño- dijo el jardinero a la oscura noche.
  En cuanto colocó el primer pie fuera de su casa, un brillo aceroso golpeó su rostro y Geo cayó al suelo ensangrentado. Escuchó el grito de su hijo en la distancia, decenas de pisadas metálicas pasando por encima de él y, finalmente, la negrura consumió su conciencia por completo.

Geo despertó desnudo en una húmeda mazmorra. El dolor laceró sus músculos cuando intentó zafarse de las cadenas que aprisionaban sus brazos, colocándolos en cruz. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo distinguir dos siluetas, una oscura y con un saco, la otra imponente, regia y roja del rey Juan VIII.
- Llegaste lejos en tu pretensión- comenzó el monarca, con su tono seco y áspero habitual-. Caí en el embuste, conseguiste lo que querías. Fui un necio, y ahora mi hija ha muerto.
- Tu hija era un monstruo, al igual que tú- respondió el jardinero, escupiendo sangre en el suelo-. Soy culpable. Mátame y habrás hecho justicia. No tengo nada que decir al respecto.
  Juan VIII se apretó los puños de la camisa.
- ¿Morir? La muerte sería un castigo demasiado benévolo, y yo no lo soy. Sufrirás mi dolor multiplicado con creces. Muéstraselo, verdugo.
  La figura oscura abrió la bolsa que portaba y dejó que su interior rodara por el suelo.
- ¡Noooo!- El grito desgarrado de Geo atravesó las mismas paredes de la mazmorra.
- Déjala cerca- continuó el monarca, con una mueca de rabia en la cara-. Asegúrate de que cada día la vea, que no olvide.
  Cuando el rey se marchó, el verdugo clavó la cabeza del hijo de Geo en una pica cercana a su padre.
  Durante días, Geo fue torturado. Para el jardinero apenas significó nada. No gritó cuando le rompieron los dedos, no lloró cuando le quemaron los genitales, no suplicó cuando le cortaron los pezones y los párpados o cuando le arrancaron los dientes. Para el hombre sólo existía una tortura entre aquellas paredes: los ojos fríos y muertos de su hijo, mirándole fijamente desde las sombras, acusándole de su muerte en silencio.
  Uno de aquellos días en que su cuerpo agonizaba, la mente de Geo no pudo soportarlo. Porque el alma, a pesar de ser etérea, también puede romperse con el peso de la suficiente culpa. De su dolor nació una semilla, y de su pecho brotó una rosa oscura, llena de espinas.
 - El dolor es insufrible, ¿verdad cariño?- dijo dulcemente la voz de Annie.
  Geo bajó sus nebulosos ojos hacia la flor de su pecho. 
- Nos abandonaste. A los dos- susurró, casi sin aliento.
- Os abandoné. No podía curar a nuestro hijo, y la gente ya me repudiaba bastante. No quería que pasarais por lo mismo- admitió la rosa negra, con un tono amargo y triste.
- Y ahora, él está muerto. Tú estás muerta. Yo moriré…
- Así es. Pero aún queda algo dentro de ti, algo que puedes hacer. El reino no merece perdón. La monarquía es cruel, los aldeanos traidores, hipócritas e interesados.
  Geo reprimió una arcada sanguinolenta. Casi podía notar como la vida se arrastraba fuera de su cuerpo.
- Siempre quisiste destruirlo todo.
- Los sentimientos son como semillas: cuanto más hondo se plantan, más difícil es impedir que, tarde o temprano, florezcan- dijo Annie, con aire melancólico-. El reino merece ser destruido. Y, ahora que estamos cada uno en un lado, podemos hacerlo. Estabas equivocado, Geo, no se trata de la esperanza: la única semilla que nunca muere, es la venganza.
  Una mirada a la cabeza putrefacta bastó para convencer al hombre.
- Sea.

En su cuarto, el rey Juan VIII dormía plácidamente cuando él y su mujer fueron bruscamente despertados por un dolor punzante. Lianas cubiertas de espinas hendieron la piel de sus cuellos, estrangulándolos sin piedad. El monarca ni siquiera tuvo tiempo de gritar cuando la asfixiante sensación atravesó su cuerpo y su vejiga se aflojó sobre sus calzones. Tras varios segundos agónicos, finalmente acabó ahogándose con su propia sangre, sus pies hondeando inertes a pocos centímetros del colchón.
   Y la planta creció, y sus espinas llegaron cada vez más lejos. Uno a uno, primero en el castillo, luego en el resto de casas, cada ciudadano fue asesinado por los terribles tallos, que como serpientes sedientas de sangre reptaban en la oscuridad. En poco tiempo, la rosa oscura devoró el reino entero, y no quedó más vida.
  Nadie osó nunca más poblar aquella tierra maldita. Nadie trató de reclamar los tesoros que aún albergaba el castillo. El nombre del reino fue olvidado para siempre. Y en lo más profundo de aquella monstruosa planta, en la oscuridad cavernaria de las mazmorras, permaneció oculto para siempre su corazón, lleno de sombras: la semilla que nunca muere.


FIN

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