jueves, 23 de febrero de 2017

Decissioness

La culebra Leva era un buen espécimen. Era larga, sinuosa y delgada, de las primeras de su clase. Vivía en una madriguera, como el resto de sus hermanas jóvenes, y normalmente se había sentido dichosa.
  Faltaba poco tiempo para que llegara la culebraduación, el momento más importante en la vida de los reptiles, aquel en que tendrían que elegir qué culebra querían ser el día de mañana. El primer paso era decantarse entre hacerse de agua o, al contrario, de tierra.
- Yo lo tengo claro. Sseré una culebra de agua- le comentó su amiga Branda.
- Tu lo tieness fácil, eress azul y en el agua te camuflaríass bien.
- Lo he querido dessde ssiempre, ssí.
- Yo, en cambio, no lo tengo nada claro.
  Y es que Leva era de un rosa muy chillón que no le facilitaba ningún camino. Además, tampoco estaba segura de cuál de las dos opciones le atraía más. Le gustaba nadar, pero no la sensación de no poder respirar; le gustaba el calor del sol sobre su escamosa piel, pero no los depredadores terrestres. Todas las opciones tenían pros y contras.
  La tarde antes de verse obligada a elegir, la culebra indecisa daba vueltas por la madriguera. En su cabeza no cesaban de surgir ideas enfrentadas entre sus dos posibles vidas futuras. De repente, vio atorado en el barro un cuerpecito rechoncho, unido a dos patas que se movían con frenesí. Era un topo atrapado. Leva pensó que no tenía mucha hambre, así que decidió ayudarle. Con su boca, le sujetó de la piel y tiró hacia sí hasta que consiguió rescatar al roedor.
  Aquel topo era el más raro que la culebra había visto nunca. Su color era dorado y tenía una abultada mata de pelo bajo el hocico, similar a una barba. El pequeño mamífero saludó con una reverencia cortés.
- Gentil sierpe, no soy un topo cualquiera. Me llamo Fungus y soy un mago. Por haberte apiadado de mí, y en agradecimiento por haberme liberado, te concederé un deseo.
  Leva no necesitó mucho tiempo para encontrar una petición.
- Desseo poder tomar variass decissioness contrariass a la vez.
  Fungus levantó las cejas un instante imperceptible pero, finalmente, asintió. Luego, tocó el morro del reptil.
- Deseo concedido.
  Y con un pase mágico de baile, desapareció.
  Leva, que había sido escéptica al principio, viendo el truco final se convenció de que quizás aquel topo fuera en realidad un mago. Y así sucedió.
  El día de la culebraduación llegó, y Leva seguía sin poder decantarse por ninguna opción. Unos instantes antes de la ceremonia, su cuerpo se convulsionó, retorció y aplastó por el centro. En un parpadeo, sus dos mitades se separaron, y a la inferior le creció una cabeza por donde habían estado unidas. Las dos Levas se sorprendieron, pero aquello ponía fin a su problema del todo. Ahora una podría ser culebra de agua, la otra de tierra.

La vida de una culebra es muy parecida a la nuestra: está llena de decisiones, a cada una, otra nueva le sucede. La Leva de agua tuvo que elegir rápidamente entre ser de río o marina, mientras que la de tierra se vio imperada a escoger entre ser arbórea o quedar a ras del suelo. Cada vez que una nueva duda les asaltaba, las Levas reaccionaban de la misma manera: dividiéndose.
  De un árbol o de otro, de esta rama o de aquella, de tierra boscosa o montañosa, de este río o de aquel… las decisiones no tenían fin. Con cada escisión, las Levas resultantes quedaban más pequeñas y mermadas, débiles e incompletas. Además, por mucho que abarcaran todos los campos, nunca se sentían satisfechas. No sabían la razón, pero por alguna nada les llenaba.
- ¿Cómo puedess tomar decissioness con tanto valor?- preguntó a Branda una Leva ya enana, que había coincidido en destino con su amiga.
- No ess fácil, lo mío me cuessta. Hay trucoss, por ejemplo: ssiempre que dudo entre doss opcioness, lanzo una moneda. Ssi desspuéss del ressultado piensso “mejor al mejor de tress”, ess que probablemente el acertado fuera el otro- respondió con una carcajada.
- Pero esso no puede funcionarte ssiempre- continuó Leva, de mucho más gris humor.
- No. Al final no hay atajoss, amiga. Tememoss arrepentirnoss pero, en realidad, todo tiene ssuss pross y ssuss contrass. De haber algo de lo que lamentarsse, sería de no aprovechar cada passo que damoss. Erroress o aciertoss sson algo relativo, puess de toda experiencia se puede ssacar algo bueno y, ssi ssomoss capacess de encontrarlo, habremoss acertado.
  Leva se sintió muy triste. Había sido una cobarde, y por eso ya no era feliz. Lo había entendido demasiado tarde.
  Un día, una de las Levas de tierra, de poco menos de dos centímetros de longitud, lloraba desconsolada a los pies de un abeto. Unas enormes pisadas le sorprendieron a su espalda. Cuando se volvió, se encontró con Fungus, pero mucho más grande. Aunque solo fuera su impresión.
- ¿Qué te pasa, culebrilla? Pareces apesadumbrada- preguntó el roedor.
- Me arrepiento mucho, no debería haber pedido aquel desseo esstúpido. Ahora ssoy muy pequeña y nunca aproveché ninguna de mis decissiones, porque nunca me impliqué del todo en ellass. Me ssiento tan dessdichada…
  Fungus le regaló una sonrisa.
- Lo has entendido.
  El roedor dio los mismos pasos mágicos que la anterior vez, solo que ésta a Leva le pareció que hicieran temblar toda la tierra. La culebra despertó en su madriguera, justo detrás de otras muchas como ella. El reptil se miró el cuerpo, que volvía a ser largo como al principio. Se fijó en los carteles que colgaban de las paredes, en los aires festivos. Había vuelto a su culebraduación.
- Ssiguiente- dijo una culebra anciana a la cabeza de la fila, aquella que decidía sus destinos.
  La hilera avanzó un sitio.
  Un gran alivio se instaló en el corazón de Leva, seguido de una agradable sensación de paz.
- Graciass.
  Y cuando le llegó su turno y le preguntaron por su elección, esta vez Leva tomó una decisión firme, eligió entre una de las dos opciones con confianza y afrontó el futuro con valentía.

FIN 

    

lunes, 20 de febrero de 2017

Rotos

Abrió el grifo y no salió agua. Como siempre. Después, bajó hasta la cocina. La nevera estaba vacía. Aun así, se sentó en la mesa y estuvo un rato parado, mirando a la nada. Hox se despidió de su esposa con un tímido beso y salió de la casa, se montó en el coche y empezó una nueva jornada, una en la que no haría nada, excepto dar vueltas con su bólido.
  Hox era un tipo feliz hasta donde podía serlo. Tenía una preciosa casa de 4 pisos, una familia (Amy, su mujer, y Ross y Christie, sus dos hijos mellizos) y no le faltaba nada que necesitara. No había manera de anticipar los terribles acontecimientos que tendrían lugar aquella funesta velada.
  Aparcó en la entrada, donde siempre, y cruzó el umbral de la puerta.
- ¡Cariño! Ya he… llegado…
  Algo en el ambiente le incomodó. No habría sabido explicar la razón, mas notaba que algo no iba bien. Fue hasta el salón. El televisor estaba encendido, con aquella perpetua imagen de un parque de atracciones congelada. Cuando vio lo que había al pie del sofá, su respiración se congeló.
- ¡Amy!
  Hox corrió hasta donde se encontraba su esposa, tendida boca abajo. Alguien la había desnudado. Alguien, o algo, le había hecho algo peor.
- Oh, Dios mío, Amy, no…
  La mujer tenía todos los miembros dados la vuelta, completamente descoyuntada. El hombre abrazó el frío cuerpo entre lágrimas.
- ¿Qué ha pasado? Por favor… Dios…- balbuceó como un bebé.
  De repente, el sofá salió despedido por los aires, impactando contra la televisión. Hox soltó a su esposa, presa del susto, y ésta también se elevó, golpeando varias veces el techo. El hombre tuvo entonces la súbita certeza de que lo que había sentido era que había algo más en la casa, una presencia llena de ira.
  Sin perder un segundo, Hox corrió por las escaleras. No entendía nada de lo que sucedía, y dudaba poder comprenderlo, así que decidió no perder tiempo en darle vueltas.
  La habitación de sus hijos estaba en la cuarta planta. Cuando entró, les descubrió abrazados en el centro, rodeados de todos los muebles. A juzgar por el desastre aparente, algo similar a lo que había presenciado en el salón había tenido lugar allí también.
- Papá… ¿qué está pasando?- preguntó Christie, entre lágrimas.
  La joven tenía el pelo rubio, mientras que su hermano era pelirrojo. El niño estaba tan asustado que ni siquiera podía hablar.
  Hox pensó que aquella era la pregunta clave que no importaba contestar. ¿Un demonio? ¿Fantasmas? ¿La casa estaba encantada? Era imposible de saber. Era inútil saber.
- Nos vamos.
  El hombre cogió a sus hijos de las manos y se los llevó. En su precipitada huida, muebles y objetos seguían volando: lámparas, mesillas, camas, espejos… Aquella vorágine era una auténtica pesadilla.
  Habían llegado al segundo piso, cuando un tirón seco e inesperado le arrebató a su hijo varón. Ross se elevó, gritando y tendiéndole la mano vacía en el aire.
- ¡Papá!- lloró el joven.
  Hox no fue capaz de reaccionar a tiempo. Los ojos del infante reflejaron un terror tan profundo como la muerte y, en un segundo, su cabeza se desprendió de su cuerpo.
- ¡Hermano!- chilló Christie.
  Quizás la niña sí, pero Hox no podía permitirse llorar. Ya habría tiempo luego. El hombre levantó a su hija en brazos y siguió adelante.
  A pesar de la celeridad, evitó caer por las escaleras. El recibidor era un campo de batalla, imposible de atravesar. Un cuadro volador casi le saca un ojo, y una silla estuvo a punto de derribarle. La puerta estaba impedida por un armario.
  Hox probó suerte en el salón. Trató de no mirar más de lo necesario, evitando enfrentarse al cadáver de su esposa.
- No mires, cielo- le susurró a Christie.
  El hombre corrió hasta una ventana y dejó a su hija en el suelo. Trató de abrirla sin éxito. Estaba atrancada.
- Papá, ¡deprisa!
  Las cosas se volvieron mucho peor dentro de la casa. Todos los objetos salieron despedidos al mismo tiempo, cada vez más cerca de ellos. El hombre puso todo su empeño en forzar la salida.
- ¡Papá!- chilló Christie.
  Finalmente, la estructura cedió. Hox sacó a su hija primero y después, de un salto, él también salió al exterior.
  El estruendo dentro de su casa les indicó que las cosas seguían siendo peligrosas. Hox y su hija no se detuvieron.
- ¿Qué está pasando…?- insistió la niña, deshaciéndose en lágrimas.
- No lo sé… juro que no lo sé…- lloró también Hox.
  Los dos habían alcanzado el coche casi, cuando un golpe le derribó. Notó una fuerza opresora en su espalda, tan poderosa que le mantuvo pegado al suelo.
- ¡Papá!- gritó Christie, mientras se elevaba varios metros.
- ¡Hija!
  Hox trató de zafarse. Pataleó impotente, pero no pudo hacer nada.
- ¡Pap…!
   El cuerpo de la niña empezó a retorcerse de manera horrenda, a deformarse y a romperse en varias partes, como si estuviese dentro de una trituradora invisible.
  El dolor y la rabia consumieron a su padre.
- ¡Nooo…!

- ¡Jaydon!- gritó Jocelyn.
  El niño miró a su hermana, con un gesto mitad culpable, mitad risueño en el rostro. Luego, cogió el muñeco que estaba pisando y se lo enseñó a la niña, radicalizando su sonrisa.
- Esto por lo de ayer.
  La pequeña miró su habitación, toda desordenada, especialmente su casita de muñecas. Algunos de sus juguetes estaban rotos, y su perro se entretenía masticando una muñeca rubia.
  Jocelyn empezó a llorar. Salió de la habitación, gritando desconsolada.
- ¡Mamá! ¡Jaydon me ha roto las muñecas y le ha dado mi prefe a Buster…!
- ¡Ella ayer me coló un balón!- se defendió su hermano, corriendo tras ella.
  Tendido en el suelo, Hox apenas podía dar crédito. Quizás por el dolor, quizás porque así lo había querido el destino, la barrera entre sus mundos se había roto y él había podido verles. Eran gigantes, eran poderosos, tanto que podían jugar con sus vidas. Pero aquellos seres, dioses o no, habían destruido a su familia.
  El muñeco se puso en pie con dificultad y corrió a esconderse. Por el camino, vio un reflejo plateado en una de las estanterías. Parecían unas tijeras gigantes.
  Hox se metió bajo la cama, manteniendo en su mente el recuerdo de sus seres queridos asesinados, mutilados. Y el recuerdo del acero.
- Llegará la noche… llegará mi venganza…

FIN


jueves, 16 de febrero de 2017

A un cielo de distancia

Aquí me hallo, contemplando el eterno azul que se extiende en todas direcciones, igual que hiciera tantas veces antes junto a ti. Que no pueda ser igual en este momento es una condena ante la que no me queda más remedio que rendirme. Porque estás, pero al otro lado del cielo.
  Fuimos felices y tristes pero, juntos, invencibles siempre. Elsa… recuerdo tu nombre cabalgando sobre el viento, con esa entonación que yo le daba y que siempre te hacía reír. La pena me golpea de nuevo, de nuevo esa sensación desagradable de vacío en mi pecho. Me pregunto si dejaré de sentirla algún día.
  Aun recuerdo la primera vez que te vi, cómo el sol bañaba tu piel. Acababa de conocerte, pero ya te conocía de toda la vida. ¡Qué cosas! ¿Verdad? Nunca creí en esas dulcificaciones de la realidad. Nunca las vi como algo distinto a consejas de hadas. Nunca las entendí del todo hasta ahora. Hasta que ha sido demasiado tarde.
  Con el tiempo, llegué a amarlo todo de ti. Tu melena castaña, tus ojos de bronce, tu piel, tus uñas, tu olor… y también tus imperfecciones. Lunares, espinillas, los rollitos que te salían en la tripa cuando te sentabas y ese silbido que se escapaba de tus labios cuando te reías. Todo. Superada la barrera de lo que la sociedad nos susurra constantemente, la venda de mis ojos se había desprendido y donde antes había trabas, solo vi el sello y la marca del amor.
  Elsa. Tu mero nombre es ya presencia. Recuerdo con imborrable paladar luctuoso la última vez, ese fatídico día en el coche. Si hubiese sabido lo que se cernía sobre nosotros… si hubiese podido esquivar aquel vehículo… ahora todo sería distinto. Ahora mismo no estaría contemplando ese cielo enorme solo, lejos de ti, tan lejos...
  No supe entender el funeral. Estaba obnubilado por mis propios sentimientos, emociones encontradas. Miedo, dolor y… ¿alivio? A mi alrededor solo había rostros tan pesarosos como distantes, caretas de personas que conocía y a las que también quería, pero que sin embargo en aquel momento no significaban nada, apenas sí estaban. Eran impostores de mis padres, nuestros amigos, tu familia… no había reproches ni rencores, pero tampoco consuelo, solo tú en mis ojos y en mi mente. Y no me dolía nada, pero me dolía al verte. Ceremonia breve, como siempre dijimos que sería. Palabras que no me dijeron ninguna cosa de un hombre que no significaba nada para mí, sonidos juntos casi al azar que ni siquiera rozaron mi cerebro, muchas lágrimas escociendo en mi piel, humo, tierra, polvo que regresa y ya nada más.
  Lo que pesa no es la muerte, entiendo. Lo que de verdad aflige es la consecuencia para el destino, el fantasma de aquellas cosas que siempre quisimos hacer juntos y que ahora ya no sucederán. Éramos jóvenes, no hubo tiempo de tener hijos. Dos querías, ambas niñas, para que la una hiciera compañía a la otra, para que fueran un equipo. Los viajes de nuestros sueños que nunca hicimos: la India, Chile o la Gran Manzana. Pero, por todos los vuelos que nunca pudimos alcanzar, todas las vidas que no tuvimos tiempo de crear y todas las hazañas que nos faltaron por conquistar… aun existe esa posibilidad.
  Ahora que se acabó el tiempo, lo entiendo. Yo me he de marchar. Tan solo pido y rezo para que tú sí que cumplas tus sueños. Que viajes, que sonrías, que siga tu vida. Que llegues a ser la escritora que siempre quisiste, con ese talento que me desbordaba cada vez que me deleitabas con una de tus historias. Que tengas amigos, que conozcas a gente que te abrace y apoye cuando lo necesites. Y sí, que encuentres a alguien que pueda hacerte feliz cuando yo te falte, que vuelvas a enamorarte. Que seas madre, que tengas a tu equipo. Pido que sigas adelante por los dos, que tus pies te lleven a donde siempre quisimos llegar.
  Yo, por mi parte, te vigilaré desde el cielo, desde cada amanecer y cada atardecer, desde el silencio. Estaré en los malos momentos transmitiéndote lo que pueda para animarte, y en los buenos para disfrutar contigo y ver con orgullo lo fuerte y valiente que estarás siendo por los dos. Porque no hay evento, ni sombra, ni muerte que pueda borrar jamás que siempre te he querido y que siempre te querré.
  Elsa: sé, ríe y vive por los dos. Es lo único que le pido al futuro.

FIN

sábado, 11 de febrero de 2017

¿Dónde Está mi Amiga?

Despertó con una terrible jaqueca, boca desencajada y seca. Había sido una noche muy loca, una de esas que no se olvidaban. Por desgracia, no se acordaba de nada.
  Estaba sola, como casi nunca en su historia.
- ¿Dónde está mi amiga?- se preguntó la chiquilla.
  Era suave, confortable y blandita. Se llamaba Izquierda, y era una zapatilla. Azul como el cielo, esponjosa, como el rabo de un conejito, y estrecha, siempre había estado junto a su amiga melliza, Derecha. Tenían la misma edad, claro, desde su salida de la fábrica hacía un año. Habían estado juntas en un sinfín de eventos, soportando durezas, callos y olores no muy frescos, pero nunca separadas. Ahora, como novedad, no la veía por el rabillo del ojo al caminar.
  Izquierda se sentía pesada y había perdido el habla.
- La noche ha sido dura- se dijo-. Pero he de buscar a mi amiga, sin duda.
  La zapatilla solitaria miró debajo de la cama. Descubrió polvo, unas llaves y ropa interior usada, pero no a Derecha.
  Bajó entonces las escaleras y revisó la cocina, por si se hubiese colado debajo de alguna estantería. Ni rastro.
  En el salón, escarbó bajo el sofá, pero sin éxito. Solo pelusas, monedas y una pulsera de México.  ¿Dónde estaría su amiga?
  Uno a uno, Izquierda revisó hasta los últimos confines: el dormitorio de los niños, la sala de estar, los baños, la bohardilla, detrás de los cojines… pero ni rastro de ella.
- ¿Dónde estás, Derecha? Tu ausencia abre en mi pecho una brecha.
  Ensoñó lo que haría cuando descubriese dónde se escondía su amiga. La abrazaría, la mimaría y con ella hablaría.
- Bueno, eso si recupero el habla- se planteó la traba.
  Si tan solo pudiera recordar...
- ¡Aquí estás!
  Su dueña estaba resacosa, se movía sin coordinación y ojerosa. Izquierda sabía que debía mantenerse quieta, porque era un objeto y se supone que los objetos no son cosas con sentimientos.
  La señora era vieja aunque atlética, y le gustaba el bebercio de forma épica. Con ebria torpeza, levantó a Izquierda y tiró de su extremo firmeza. Derecha salió de dentro de su boca sin aliento, donde había estado atorada todo el tiempo.
  Izquierda y Derecha se miraron un momento. La una había estado de la otra dentro, y viceversa, en una suerte de vergonzoso entuerto. Antes de que ninguna pudiera gritar, su dueña le metió a cada una un pie en la cavidad bucal y las arrastró por el suelo hasta la cocina, en donde se sirvió una manzanilla.
  Desde aquel fatídico día, Izquierda y Derecha no volvieron a mirarse a la cara. No se sentían cómodas cuando cruzaban miradas. A pesar de los esfuerzos, no pudieron superar su desencuentro.
  La antigua amistad de las zapatillas fue truncada con fulgurante pena, y nunca jamás fueron capaces hablar del tema.


Moraleja: Nunca te líes con tu mejor amigo.

FIN

viernes, 3 de febrero de 2017

El Aullido del Lobo Plateado

Sólomon era un lobo como los demás lo eran al principio, cuando cada uno mantenía sus colores. El suyo era plateado como una gema, como el reflejo de la luna en el agua o como el acero. Pero tenía un problema: estaba mudo. A pesar de aullar cada noche y cada día, no conseguía hacer escapar ningún sonido de sus fauces. Él lo oía, cierto era, pero nadie más lo hacía… entonces, ¿existía realmente?
- Un lobo solitario es un lobo sin voz- le dijo un día su amigo Petro, un lobo azulado que ya empezaba a cambiar de pelaje-. Podrá aullar cuanto quiera pero, sin una manada que le respalde, será inútil.
  Había muchas manadas, cada una con un pensamiento y unas ideas, pero todas confluían en lo mismo: sus miembros se comportaban de manera muy parecida. Como Sólomon no sabía cuál podría ser mejor para él, le preguntó a su amigo si podía unirse a la suya. Éste le respondió que preguntaría al líder y, en pocos días, organizó un encuentro.
  Ordan era el lobo alfa de la manada de Petro. Se trataba de un espécimen enorme, de lomo ancho y patas gruesas como robles. Tenía el pelaje de un marrón muy oscuro y una mirada analítica, aunque cálida.
- Así que quieres unirte a nuestra manada.- El tono del líder era tan profundo que resultaba hipnótico-. ¿Por qué quieres hacer eso? Sé sincero.
- Quiero que mi voz sea escuchada. Petro es amigo mío desde que éramos cachorros, y a él se le ve contento aquí, en tu grupo.
- Aquí tendrás voz, por supuesto. Tus hermanos y hermanas alzarán las suyas por ti, y tú harás lo mismo por ellos. El grupo nos hace fuertes. Pero no será gratis, tendrás que comprometerte a acatar las normas- explicó Ordan, relamiéndose.
- ¿Qué normas?
- Todas ellas se resumen en una: la manada, lo primero y último. Tendrás que hacer lo que hagamos, aullar lo que aullemos y apoyarnos en todo. En todo.
  Aquello no sonaba bien para Sólomon. Sin embargo, tenía tantas ganas de sentir que no estaba solo…
  El lobo plateado empezó a formar parte de aquel grupo. Y encontró su voz. Cuando aullaba lo que la manada demandaba, todas las voces eran una sola, como el eco que cabalga entre montañas. Y era una sensación tan agradable… Hacía lo que le decían, opinaba lo que opinaban sus compañeros y era recompensado. Si su pensamiento era opuesto al del grupo, rápidamente se le convencía de lo contrario. Peleaba con quienes ellos peleaban, sustentaba a los suyos en cualquier situación. Poco a poco, su pelaje empezó a perder su maravilloso color característico, mudando en favor de uno pardo apagado, uno igual al de Ordan, Petro y el resto de la manada.
  Un buen día, estaba Sólomon saciando su sed en un lago rodeado de verde precioso, cuando una loba de tonalidades rojas muy intensas se acercó a él.
- Tú debes de ser uno de los perros de Ordan- le dijo, burlona.
- No soy un perro. Soy un lobo, tomate con patas. Me llamo Sólomon- contestó él, orgulloso y ofendido.
- Hacéis lo que os dice, decís lo que os dice y pensáis lo que os dice. A mí me parece que os tiene bien amaestrados. Y yo soy Vila, y no soy ningún tomate. Soy un rubí, al igual que el amanecer, ¿o acaso estás ciego?
- Me da igual lo que seas. Hacemos y decimos lo que pensamos. Lo que pasa es que es lo mismo.
- ¿Sí? ¿Eso pensabas antes de unirte a ellos? Nadie puede coincidir al 100% con tantos otros al tiempo… ¿te dejarían aullar algo distinto? Los de las manadas me dais pena.
  Sólomon pensó en aquellas palabras. La verdad es que era raro que siempre coincidieran todos. Se miró en el reflejo del lago. Por primera vez, se percató de que su color había cambiado.
- ¡Oh no! Tienes razón. ¿Qué puedo hacer?
  Vila le miró sorprendida, como si no hubiese esperado que sus palabras tuvieran tanto efecto.
- No puedo enseñarte a ser tú mismo. Eso es algo que sale de dentro. Lo único que los demás pueden hacer por ti, es estar contigo.
  Desde aquel día, Sólomon decidió pasar más tiempo con Vila, la loba roja solitaria. Hablaban en paz y libremente, se hacían bromas y reían. Ambos lobos notaban que su aullido importaba realmente para el otro. Poco a poco, el sentimiento que ambos tuvieran al principio empezó a convertirse en otra cosa más fuerte.
  Por su parte, en la manada de Sólomon no estaban contentos. El lobo había empezado a desatenderles, ya no repetía las consignas como hacía tiempo y empezaba a cuestionarse más cosas. Un atardecer, cuando el cánido se despidió para verse con Vila en el lago, Petro le siguió a escondidas. Después, se lo contó a Ordan.
- Así que intenta sustituir a su manada…- razonó el líder-. Parece que tendremos que reconducirle.

La mañana no parecía distinta a otras. Sólomon había quedado con Vila en el lago habitual para correr y competir con las liebres. Pero aquel día sí que era distinto. El ambiente era tétrico, y el lago estaba rojo. El cuerpo de la loba yacía inerte junto a la orilla, boca abajo.
  El animal reconoció las dentelladas y el olor. Llevaba años acostumbrado a ello. Sin pensarlo un segundo, fue ante su manada a pedir explicaciones.
- ¿Por qué la has matado?- exigió saber ante Ordan, con lágrimas en los ojos.
  El enorme lobo se encogió de hombros desde la roca donde les dominaba.
- ¿Acaso importa? No era de nuestra manada. No era nadie.
  Sólomon apartó la vista, acongojado.
- ¿Pero por qué a ella precisamente?
- ¿Quieres saberlo? Fue por ti. La manada es lo primero y lo último. Te lo dije. Si pasas de nosotros… mereces un castigo. El pensamiento libre es un peligro, lobito.
  Sólomon lanzó un terrible aullido. No podía creer lo que habían hecho aquellos a quienes había considerado de los suyos. Las palabras brotaron libres de sus fauces, como sólo lo habían hecho con Vila.
- Te desafío.
  El alfa soltó una carcajada cruel que sus compañeros acompañaron sin pensarlo. Era tres veces más grande, más pesado y más fuerte.
- Acepto.
  La batalla fue corta. Sólomon no era rival para la enorme fuerza física del líder. Por tres veces, sus embestidas fueron detenidas, y el macho alfa lanzó su cuerpo por los aires de un solo zarpazo.
  Ordan caminó pacientemente hasta colocarse sobre el lobo herido, apresándole con las patas delanteras.
- La manada es tu vida, tu vida es manada. Y la manada nos pertenece a todos, al igual que tu vida. Ahora, vamos a tomar lo que es nuestro…
  Aquellas palabras despertaron algo dentro de Sólomon. Cuando el líder cerró la boca en torno a su cuello, lanzó un quejido ensordecedor. La piel de su presa se había vuelto dura como el acero.
  Sólomon empujó a Ordan lejos de él. Después, sacudió su cuerpo. El pelaje marrón de su lomo cayó como las hojas en otoño, y la capa plateada que antiguamente le había pertenecido salió a la luz de nuevo. El lobo le mostró las fauces.
- Mi vida sólo me pertenece a mí.
  Sólomon embistió a Ordan, esta vez con mucha más fiereza. El enorme lobo se vio superado. El pelaje de su rival se había vuelto áspero y afilado, no había manera de tocarlo. Tras varios cortes, el aspirante acabó sobre su antiguo líder, aprisionándole con las patas.
- Por favor, piedad. Piensa en la manada…- suplicó Ordan.
- Tú no tuviste piedad. Los que ya no somos de la manada, no tendremos piedad contigo.
  Sólomon le arrancó la garganta a Ordan de una dentellada.
  Cuando el lobo de hierro se volvió, con su pelaje salpicado de sangre, los demás agacharon la cabeza. Había derrotado al líder, así que ahora lo era él. Sólomon sintió el poder en sus garras.
- Desde hoy, queda disuelta la manada- aulló, sin embargo-. Y, desde hoy, todos los lobos serán la manada. Actuaréis como individuos con vosotros mismos, y como manada con los demás, sea quien sea, venga de donde venga. No habrá más distinciones en el bosque, no habrá más grupos aislados. Desde ahora, habrá paz.
  Los lobos mostraron su reticencia al principio. Algunos de ellos habían dedicado su vida a aquel grupo, tanto que apenas recordaban cómo habían sido antes de él. Sin embargo, ninguno de ellos se atrevió a retarle.

Con el paso del tiempo, la disolución de la manada se extendió a otras muchas, porque era algo que funcionaba. La asociación había traído las diferencias, las luchas entre unos y otros, el partidismo y la injusticia. Aceptar que todos eran distintos fue la única característica común, y por eso se empezaron a respetar. Al final, terminaron las guerras entre grupos y la vida en el bosque fue un poco mejor. La voz de todos era igualmente valiosa.
  Una mañana, Sólomon caminó hasta el lago donde tanto tiempo había pasado con Vila, donde la había conocido y perdido. Pensó en lo mucho que habían cambiado las cosas desde entonces. Pensó que todos tenían mucho que agradecerle a ella y supo, con tristeza, que nunca lo sabría.
  El sol empezó a salir entre los árboles, y el reflejo rojizo en las aguas se unió a sus recuerdos. Poco a poco, una silueta roja se fue formando tras el lobo plateado, y le posó la pata en el hombro.



“El mejor líder, es aquel que te convence de que no te hace falta ningún líder que controle tu vida”.

FIN

lunes, 30 de enero de 2017

La Sonrisa Escondida

- ¿Y les han detenido ya?
- Sí. Por suerte.
- ¡Qué rápido! En menos de 24 horas.
- Es que hay que ser tontos… yo no sé dónde vamos a llegar…
  Era la comidilla del día. La señora Vanquer había sido un personaje pintoresco del pueblo, una “loca de los gatos” a la antigua usanza. Algunos la tomaban por una vagabunda más, los niños pensaban que era una bruja, con su melena gris y su rostro siempre sucios, sus harapos y sus zapatos destruidos. La versión más oficial era la de que había sido amante de un joven rico hacía años, a quien la mujer de este había descubierto y hecho la vida imposible, hasta arrebatarle todo y llevarla a la locura. Como fuera, Vanquer no le hacía daño a nadie, sólo paseaba por el pequeño pueblo de Long Grass, viviendo de la caridad de las personas y musitando frases inconexas. Eso, hasta hacía unas horas.
  Youtube lo había retirado en un tiempo récord. Las imágenes mostraban a la señora Vanquer paseando en mitad de la noche, con su mirada difusa y sus pasos reptantes. Un maullido llamaba su atención dentro de un contenedor de basura, asustado y, aparentemente, malherido. Cuando la mujer se acercaba, la tapa se levantaba abruptamente y un personaje disfrazado con una máscara horrenda y un martillo en la mano derecha salía, gritando. Entre carcajadas, la señora Vanquer caía hacía atrás, mientras emitía un quejido largo y grave. Luego, empezaba a convulsionarse de manera violenta. En el último fotograma, el rictus congelado de la sintecho casi parecía una sonrisa histérica, amarilla, siniestra. Las imágenes desaparecían.
  El vídeo superó las 100.000 visitas durante las 9 horas que estuvo en la red. No fue difícil para la policía identificar a los culpables del infarto que había acabado con la vida de la señora Vanquer, el chico disfrazado y el cámara. Se les acusaba de homicidio involuntario.
- Dicen que si te plantas en el cuarto de baño a medianoche, con las luces apagadas y una vela, y maúllas tres veces ante el espejo, Vanquer se aparece y te lleva con ella al infierno…
- ¡Venga ya! Es la leyenda menos original de la historia. Además, todavía no ha pasado suficiente tiempo para que se convierta en un mito.
  A Marro, su hermano mayor, siempre le había gustado asustarle. Desde pequeño.
- Bueno, bueno, es lo que dicen- continuó el chico, con una sonrisa maliciosa-. No me atrevo a comprobarlo. Y, yo que tú, tendría cuidado esta noche si me entraran ganas de ir al baño. Conocías a esos chicos, ¿no? Eran tus amigos.
  Steve y Roy iban a su clase, sí. Conociéndoles, sus padres acabarían pagando la multa y ellos tendrían algo de lo que fardar ante las niñas en clase. Además, muy probablemente los suscriptores a su canal crecieran como la espuma.
- No somos amigos- zanjó Zack con sinceridad, apartando la mirada.

Algunas noches en casa de Marro y Zack eran muy solitarias. Sus padres estaban divorciados y su madre (con la que vivían) trabajaba muchas de ellas, en el hospital. Como aquella.
  Cuando Zack apagó el televisor para irse a la cama, cruzó el pasillo en penumbra y observó el espejo del cuarto de baño desde fuera, casi con suspicacia. Miró alrededor, pero su hermano estaba encerrado en su cuarto. Tragó saliva, y siguió recorriendo la casa hasta su habitación.
  Una vez en su alcoba, sacó el cargador del móvil del cajón y se puso de rodillas en el suelo. El enchufe más cercano estaba debajo de su cama. De repente, un sentimiento irracional se adueñó de él. El espacio de debajo estaba parcialmente oculto por la sábana que colgaba. Sintió un escalofrío.
- No eres un crío- se dijo.
  El adolescente sujetó la tela con las manos y, con pulso trémulo, la levantó. Nada. La parte baja de su cama estaba vacía. Zack soltó un suspiro de alivio y enchufó el cargador. La lucecita roja de su móvil se encendió cuando lo conectó. El chico se acostó y apagó la lampara.

Zack abrió los ojos. La oscuridad que le rodeaba era casi total. Los únicos reflejos eran los que escapaban de la persiana, parcialmente subida. Aquello era peor que no ver nada. Las sombras creaban figuras ocultas y misteriosas.
  El chico se hizo un ovillo entre las sábanas, cerró los ojos y trató de no pensar en nada. Resultó un esfuerzo fútil. Necesitaba ir al baño.
- Maldito Marro…
  Zack encendió rápidamente la luz de su mesilla de noche. Como había supuesto, todas las sombras tenían su explicación: el armario, una silla, el ordenador de sobremesa, una pila de ropa sucia… El chico se levantó de un salto y fue hasta el baño. Antes de entrar, se mantuvo mirándolo desde fuera.
- Maldito Marro…
  Pero no tenía más remedio. No iba a poder aguantarse. Antes de pulsar el interruptor, se detuvo en el sitio. Un escalofrío funesto le recorrió la espina dorsal. Había algo dentro… o alguien. Una figura aguardaba en su interior, junto al lavabo. Era un poco más bajita que él, y parecía tener una túnica que le colgaba hasta los pies. Desde su posición, no podía distinguirla bien.
  Zack se lamió los labios. Tenía la boca seca.
- ¿Hola…?- se descubrió a sí mismo preguntando.
  No hubo respuesta.
  Zack estaba aterrorizado. Aquella silueta no tenía ningún sentido, no había ningún mueble ahí, nada que pudiera explicarlo. Pensó en muchas cosas que podía hacer: volver a su habitación, pero la figura seguiría ahí, y podía salir…; podía avisar a Marro, pero entonces se reiría de él; podía… irse de casa, llamar a la policía. Finalmente, sin pensar, el chico encendió la luz.
- ¡Maldito Marro!
  Apoyada sobre el lavabo, había una escoba. Su hermano mayor le había puesto una toalla encima, asemejando el hábito de una monja. Mientras hacía sus necesidades, Zack pensó en posibles formas de devolvérsela. Tiró de la cadena, evitó lavarse las manos para no enfrentarse al reflejo del espejo y volvió a su cuarto.
  Aliviado, Zack miró la hora en su móvil. Las 2:34. Todavía tenía tiempo antes de que el despertador sonara para ir a clase. Vio que la luz del cargador no estaba encendida. El chico desconectó y conectó el teléfono, sin provocar ningún cambio.
- Vaya…
  Sujetando el cable, Zack se puso de rodillas y levantó el faldón que caía de sus sábanas. Se le congeló el corazón.
  Vio una figura parcialmente oculta por las sombras, agazapada. Unos ojos muy abiertos, inyectados en sangre. Una sonrisa afilada, amarilla y podrida. El chico notó una punzada aguda cuando unas uñas largas se clavaron en su hombro. Antes de poder gritar, un tirón seco le arrastró hasta que sus pies desaparecieron por debajo de la cama.   

Fue una noche muy ajetreada en Long Grass. Tres niños habían sufrido sendos infartos en sus habitaciones. Sus cuerpos estaban fríos y sin vida cuando llegaron los equipos a cada casa, casos tan súbitos que costaba darles explicación. Dos de los jóvenes eran los implicados en el reciente caso de la muerte de la anciana, grabada y colgada a youtube, por lo que la policía investigó el tercero. En su ordenador hallaron archivos ocultos, escenas del rodaje de la muerte de la señora Vanquer editadas que no se habían colgado a internet.
  Pero el caso no se detuvo ahí. Al día siguiente, una joven apareció en su cuarto, en similares condiciones y, dos noches más tarde, un chico y una chica, entre ellos el hermano mayor del editor del vídeo.
  Los muertes se extendieron por otros pueblos y ciudades, pero todas ellas con el mismo patrón: los cuerpos, en su mayoría de jóvenes, eran encontrados por la mañana, congelados, con un rictus de terror en sus rostros.
  La policía no hallaba ningún nexo, mientras las víctimas seguían creciendo noche tras noche...

  Más de 100.000 visitas había conseguido el vídeo de la muerte de Vanquer en un día. Y aun había algunas copias que se seguían difundiendo de móvil en móvil.

FIN

lunes, 23 de enero de 2017

Una Cangreja Libre en la Orilla

Era una cangrejita bromista. Hacía chistes todo el rato, empleaba lo absurdo para caricaturizar algunos aspectos que no le gustaban, y con eso bien lo pasaba.
  Vivía en la orilla, entre dos mundos. Por un lado estaban los habitantes de la arena, autoritarios e impositivos; por otro los del agua, que se llamaban a sí mismos revolucionarios. La cangreja siempre vivió en el centro de ellos, sin meterse en ningún lado. Escribía en el barro que el agua salina formaba su propia verdad, la realidad que le rodeaba, sin más filtro que su juicio. Tal vez, algún día, a alguien le interesaría leerlo.
- Escribe si quieres, ¡pero no puedes hacerlo mal sobre nosotros!- se quejaron un día los habitantes de la arena-. ¡Hay que tener un respeto a la autoridad! Después de todo, es la que hace funcionar el mundo.
- Pero yo solo digo lo que siento, aunque lo exprese desde el humor.
- ¡Nada de eso! El humor no puede atravesar “nuestro” respeto. Si quieres burlarte de algo, que sea de los habitantes del agua.
- Pero…
- ¡Sin peros! Si persistes en tu comportamiento, te pondremos una multa y te encerraremos en una cárcel para siempre.
  Los señores de la arena eran perfectamente capaces de ello. Todavía recordaba a su pobre compañero, encarcelado por hacer chistes sobre un tal Carnero Blanco.
  A la cangreja aquello no le pareció bien. Por ello, decidió llevarse sus cosas y acercarse un poco más a los habitantes del agua.
- Los de la arena son unos opresores- asintieron los acuáticos-. Crean leyes que les favorecen y aplastan las opiniones que no les gustan. Aquí tendrás tu lugar, pues todos nosotros creemos que la libertad de expresión es fundamental.
  La cangreja se sintió aliviada. Parecía que, finalmente, había encontrado su sitio y desde entonces se dedicó a escribir en el agua su mensaje, con conchas. Sin embargo, poco tardó en darse cuenta de que se equivocaba.
- Cangreja bromista, ¿has estado escribiendo mal sobre nosotros?- reclamaron los habitantes del agua.
- No es escribir mal. Eran bromas. Chistes. Chanzas. Humor.
- Pues vas a tener que dejar de hacerlo. No está bien reírse de nosotros.
- Pero yo ironizó sobre todas las cosas, sobre lo que me parece mejorable. Incluso me río de mí misma.
- No está bien reírse nosotros- insistieron ellos-, los pobres y siempre oprimidos, que luchamos por un mundo mejor para todos.
  La cangreja no estaba de acuerdo con esa afirmación. Sin embargo, decidió obviar el tema.
- Pero dijisteis que la libertad de expresión era fundamental…
- ¡Pero no sobre “nosotros”!- zanjaron los habitantes del agua-. Desde ahora, si volvemos a leer alguna crítica tuya que nos afecte, tendrás que atenerte a las consecuencias.
- Eso es lo mismo que hacen los habitantes de la arena.
- ¿Qué sabrás tú? Te han comido la cabeza, es lo único que vemos.
  La cangreja, una vez más, recogió sus cosas y volvió a la orilla. Si reírse de uno mismo era el mayor síntoma de inteligencia posible (como decían los sabios), en aquel lugar no había cabida para ella. Se sentía triste y abatida. Los habitantes del agua habían resultado ser tan autoritarios y sectarios como los de la arena.
  Las disputas entre ambos lados seguían. Cada uno atacaba al otro obviando sus faltas, y cada bando estaba obligado a no quejarse de lo propio nunca. La cangreja estaba harta, no le parecía justo que sus opiniones fuesen las únicas solo porque eran más numerosos, y que a ella la mantuvieran muda. Sin embargo, incluso ella empezó a dudar de sí misma. Si tanta gente actuaba de esa forma... a lo mejor asociarse era la manera.
  Un día, la invertebrada vio a una gaviota posarse cerca, en la orilla.
- ¿Qué te ocurre, cangrejita? Pareces triste- preguntó el pájaro.
- Hay muchas cosas del mundo que no me gustan, cosas que no puedo cambiar aunque quisiera. Hasta hacía poco, mi vía de escape era escribir esas cosas en la arena, pero ahora no puedo.
- ¿Y por qué no puedes?
- Porque los habitantes de la arena y los del agua se pueden sentir ofendidos. No dejan que nadie hable de ellos. No es justo.
- Oh.
  La gaviota se encogió de hombros. No parecía muy interesada en aquello. Tras una vuelta poco exitosa buscando algo que llevarse al pico, estuvo a punto de alzar el vuelo.
- Tú pareces libre y más feliz. Dime, gaviota, ¿cuál es tu secreto?
  El ave miró hacia el cielo un instante.
- No lo sé. La verdad es que estas cosas no me interesan. Yo vuelo por encima de ellos.
  Dicho esto, alzó sus alas y despegó.
  Desde entonces, la cangreja pensó en esas palabras. Había pasado demasiada parte de su vida en aquella orilla, aprisionada entre dos fuerzas, obligada a elegir una de ellas. Pero existía otra manera. Buscó materiales entre la basura que muchos bañistas dejaban (NOTA: no dejéis basura en la playa. Es una guarrada), los reunió y construyó un globo. Una vez en él, también alzó el vuelo y se alejó de aquel campo de batalla.
  Viviendo en el cielo, la cangreja fue, por fin, realmente libre. Escribía con las nubes y nadie podía impedírselo. A veces, los habitantes de la arena o del agua se enojaban y le lanzaban improperios, pero apenas los notaba. Ella vivía en las nubes, y sus quejas eran menos que gotas de agua y granos de arena que el viento barría.
  Poco a poco, cada vez más habitantes de la playa se unieron a ella: gente de la arena y del agua que estaba harta de disputas y de imposiciones, cogieron sus cosas y se elevaron juntos al firmamento. Muchas veces no estaban de acuerdo, pero todos ellos habrían defendido el derecho del de al lado a expresarse libremente.
  Y así, al final, hubo más animales viviendo manumisos en el cielo que amargados en el suelo, y los pobres que se quedaron enfrascados en derribar al otro fueron tan escasos, que apenas tuvieron el poder del murmullo de una ola.


“Aquellos que censuran pierden la razón y, cuánto más lo hacen, más carecen de ella. Porque no hay nada más valioso que la libertad y, quien esté contra ella, nos tendrá en frente”. 

FIN